La identidad de Miami ¿seguirá intacta?

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Toda gran ciudad tiene una identidad propia formada por su patrimonio histórico y humano.

París es la ciudad de las luces, no solo por el primer alumbrado público del mundo, sino también por contrarrestar el oscurantismo absolutista anterior al Siglo de las Luces, del cual fue principal motor.

Nueva York es la ciudad que nunca duerme, no solo por el continuo tráfico de gente a cualquier hora del día, sino también por su imparable economía que la hace puntal global del capitalismo.

Miami es la encrucijada de las Américas, no solo porque todas las nacionalidades de la región están representadas en su tejido social, sino también porque su progreso está atado al impulso de los inmigrantes y refugiados latinoamericanos.

Pero las identidades urbanas, al igual que las individuales, evolucionan según las circunstancias, a veces para bien y otras para mal. En algunos casos, los cambios demoran siglos en madurar; en otros, hay momentos precisos que marcan un antes y un después en la Historia.

En el futuro no costará mucho trabajo identificar el día y la hora exacta en que Miami perdió el rostro de su identidad –y tampoco a los pintores que lo desdibujaron, descomponiendo pieza por pieza este mosaico viviente.

Aquella fatídica tarde del 17 de febrero de 2017, nueve comisionados del Condado Miami-Dade ratificaron la decisión del alcalde Carlos Giménez de convertir a Miami en el gran modelo de la ciudad que no preserva sus valores ni el respeto a la sangre de su patrimonio cultural.

Activistas marchan contra la visita del Fiscal General Sessions a Miami

Un grupo de activistas marchó en la Antorcha de la Amistad en el centro de Miami el miércoles en protesta por la visita del Procurador General Jeff Sessions a la ciudad. Cerca de 50 manifestantes caminaron hacia la Torre de la Libertad sosteniendo carteles.

En un santiamén, vendieron el alma a cambio de poder y dinero.

Con bombos y platillos, antifaces de hipocresía y risas cómplices dispersadas como serpentina, la transacción que entonces despojó a Miami de su insignia de “ciudad santuario” fue celebrada esta semana precisamente frente a ese mar cuyo oleaje acarrea el tesoro de la diversidad multiétnica y multicultural de nuestra sociedad.

En el Puerto de Miami, el secretario de Justicia Jeff Sessions, que en su pecho ostenta con orgullo el espíritu antiinmigrante, elogió a la dirigencia del Condado por hincarse de rodillas rápidamente ante las veleidades de la Casa Blanca, a diferencia de otros gobiernos locales en la nación que, si bien su identidad no está tan enlazada a la cadena migratoria, prefirieron no claudicar sus principios y tener la valentía para despreciar una invitación viciada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sessions utilizó a Miami como trampolín de la ideología que estampa en la frente de todos los inmigrantes irregulares el estereotipo de delincuente peligroso, un mito que esta ciudad de mayoría hispana puede desmentir fácilmente, no solo por aquellos indocumentados que velan por la salud económica de sectores esenciales como la agricultura, la construcción y los servicios, sino también porque todos alguna vez hemos tenido o tenemos un buen amigo sin papeles. No olvidemos –sobre todo los hispanoamericanos– que esta tierra de gracia también nos abrió sus puertas.

Pero los líderes miamenses congregados en el puerto aplaudieron al dignatario efusivamente, validando e intensificando el prejuicio contra los grupos étnicos que ellos mismos encarnan.

Para ser justos, es recomendable acatar la liturgia diplomática y aferrarse a las leyes, por supuesto, aunque Miami-Dade no quebrantó ninguna ley durante los años en que se negó a detener indefinidamente a personas arrestadas que pudieran ser buscadas para su deportación. Esta comunidad conoce la arbitrariedad de estas medidas tras la dolorosa experiencia del Mariel.

Lo más irritante no es que los gobernantes condales cumplieran los pedidos de retención para alinearse con la retórica radical de Washington y así salvar una importante tajada del presupuesto, sino el estilo rimbombante que han asumido al congraciarse, gritándole al mundo que Miami ya no es el Miami de siempre: un auténtico santuario de inmigrantes. La visita del secretario de Justicia fue la cereza del pastel en este teatro del absurdo.

No queda más remedio que dar el pésame a la encrucijada que perdió su rumbo.

Por: El Nuevo Herald

http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/daniel-shoer-roth/article168024412.html

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