Diásporas procedentes de Letrinas

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Por: Rodolfo R. Pou (Arquitécto, Político y Empresario)

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. La edad de la sabiduría, y también de la locura. La época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada…” Historia de dos ciudades. Dickens.

La realidad que dibujara hace 160 años, Charles Dickens, inspirado en la Revolución Francesa, pudiera también reflejar al pie de la letra, los escenarios y realidades de los habitantes del Nuevo Mundo, a lo largo de todo el Siglo XX. Sus tipografías añejas, también tronarían ciertas sus líneas, cuando sus contrapuestas a las circunstancias, héroes y mártires, cobardes y déspotas de hoy.

Y es en ese contradictorio marco de incertidumbre cívica, cotejado ante la interminable ambición de los pueblos que optan por no ser estáticos, prefiriendo emprender hacia lo utópico y lo posible, que queremos hacer un “STOP”. Detenernos e identificar al lugar que hemos llegado. Unos desde donde somos testigos del mayor descenso social, cultural, político y, sobre todo, humano de este joven siglo.

A lo largo de los últimos treinta meses, los inquilinos de esta nación americana, en especial los que conforman membresía en diásporas, hemos estado contenidos en un círculo cerrado, reviviendo el mismo día y semana, como si fuera “Groundhog Day”. Desde el día que, el hoy presidente Trump decidió postularse a la presidencia, cada semana despertamos a la misma pregunta ¿Hasta cuándo?, ¿Qué tantas más idioteces, insultos, mentiras e injurias, hay que escuchar de este señor?. Los líderes nacionales y en este caso, los globales, se deben a sus pueblos en general, no a sus sectores, etnias o razas. Estos deben de crecerse ante la responsabilidad que fija el destino, cuando nos escoge como dirigente. Pero las cosas no son así, en la esfera de Trump. Incluso sus mismos co-partidiarios no saben que hacer. Sin embargo, eso no los exime. El que calla, otorga.

Fijo el concepto de un día de Groundhog, el cual se traduce al de Marmota, el cual es muy referenciado en la sociedad norteamericana, y que surje de la película de 1993 “Día de la Marmota”, como concepto. Allí, el protagonista despertaba a revivir el idéntico y semejante episodio, del día anterior. Una especie de tirabuzón o círculo, donde cada día, al amanecer, uno es empujado hacia atrás en el tiempo, y se ve obligado a revivir el ayer, nuevamente. Así nos encontramos, aquellos que residimos en los Estados Unidos. En especial, los que somos procedentes de naciones con ciudadanos de color.

De lo ridículo, a lo grotesco. De lo ofensivo, a lo insultante. De lo exluyente a lo absoluto. Ese es el guión improvisado de una persona que ha decidido protagonizar el “Reality Show” más grande y absurdo de toda la historia. Uno basado en la realidad virtual de una sola óptica, cuya complejidad y alcance ha logrado eliminar al espectador , convirtiendo a todos en actores secundarios, tramoyistas y extras, de su trama sin sentido. Y para muestra, esta semana. Como todas las otras, pero esta más.

En los debates por definir una “Política Migratoria”, más acorde con las necesidades de los Estados Unidos, esta semana un cuadro bi-partidario de Senadores, interactuó con el presidente Trump sobre el tema. Como desconoce y no le interesa aprender de políticas sociales o económicas y mucho menos migratorias, al cuadro legislativo plantearle que dentro de la legislación deberían permanecer un cierto número de “Visas Específicas”, como las que facilitan estadía a refugiados de desastres naturales, conflictos bélicos o persecuciones políticas, éste cuestionó a manera ligera y frívola, “para que necesitamos más haitianos, sácalos”. Pero su sentir no se detuvo ahí. Al extender el enfoque hacia Africa, el líder del mundo libre extendió y rumió “¿porqué tenemos a toda esta gente de países letrinas viniendo aquí?.

Las expresiones y decisiones basadas en emociones no son laudos ni providencias, en realidad son instintos. Y es por ello, que todo líder debe pensar con la cabeza y el corazón antes que con la sangre y la piel, al expandir sus labios y emitir juicio. Coraje es saber cuándo quedarse callado. Eso es nato entre los líderes históricos. También lo es la compasión y saber velar por el bienestar colectivo. Bien nos enseñó Freud, “uno es dueño de lo calla y esclavo de lo que habla”. Trump debió hacerlo, pero lo cierto es que no puede. Ese es él. Por más que lo excusen, ese es el presidente de los que viven en la nación americana.

Muy a menudo le falta valor al presidente de los Estados Unidos. Escasea audacia y sobre todo carece de coraje de hombre, de adulto, de ser humano. Si algo demostró ésta semana es que las palabras tienen consecuencias y puede que éste sea el detonante que confirme ese pensar. Pues a mediado de ella, todos fuimos impactados por las palabras en privado que eructara el auto designado “genio estable”, al definir a los miembros y naciones del continente de donde surgiera la vida humana, como unos de letrina.

Todo país porta entre los miembros de su población, indeseables e ineptos, pero no por ello se debe generalizar y definir a una nación completa con prejuicios despectivos y denigrantes. El delito de un individuo no define a su familia, así como un crimen no define la nación completa de donde procede el culpable. Y lo que aconteció esta semana no ha de ser sorpresa para nadie. Es parte de un comportamiento que hemos visto en la luz pública, a lo largo de estos treinta meses y aparentemente cierto desde hace más de treinta años en despachos de rascacielos. Corrientes soterradas de racismo y desprecio racial o cultural.

Aquel que habla más alto, no es quien posee la verdad. Y tomo esta ventana para informar a vuelo de pájaro, que lo latinos han estado en América del Norte por más tiempo que lo de habla inglesa. Que la influencia hispana se puede sentir en todas partes, desde los nombres de nuestras ciudades y estados hasta los alimentos que comemos. Que pocas personas, sin embargo, saben el gran impacto que han tenido los latinos en el curso de la historia de los EE.UU. y que puede que ya sea hora de que se digan. Las diásporas deben definirse, expresarse, y sobre todo, participar. No solo estamos aquí para vivir bien y enviar remesas a nuestras familias. Hay que activarse.

Las comunidades locales, procedentes de esas naciones africanas, deben hacer público sus aportes a la nación de Jefferson, Adams y Hamilton. Como también debemos los hispanos, ya sea como colectivo o como diáspora hacer público y de mayor conocimiento que los hispanos desempeñaron valiosos roles en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, ayudando a establecer y preservar la unión, defender al país en la guerra y fortalecer la economía durante la paz.

¿Podría George Washington haber ganado la batalla de Yorktown sin la mano amiga que recibió de sus simpatizantes cubanos?, sí de los cubanos. ¿Cómo habría cambiado el equilibrio de poder durante la Segunda Guerra Mundial sin el cuarto de millón de hispanos que sirvieron?. Eso mismo que acabas de leer. 250,000 mil soldados hispanos de tez marrón lucharon en la Segunda Guerra Mundial a favor de los Estados Unidos. ¿Cuánto tiempo más habría llevado revitalizar el mercado de la vivienda en los Estados Unidos sino hubiese sido por el poder adquisitivo de los inmigrantes latinoamericanos procedentes de países letrinas?.

En resumen, para que lo lea el que se sienta identificado con las palabras que hemos venido escuchando desde hace 30 meses. O para los que escucharon desde entonces, el afán de diluír la creciente tendencia a hacia la coloración de la nación americana. Que se sepa, que los puertorriqueños no son ingratos, ni mantenidos, ni vagos. Como tampoco los mejicanos como pueblo son traficantes, ni asesinos ni violadores. Como no todos los nigerianos viven en chozas, ni mucho menos todos los haitianos tienen SIDA.

Y en lo referente a la letrina milenaria de Africa, la cual alberga 54 naciones, es importante resaltar que ese continente nos ha dado la fundición del cobre y la tecnología del hierro; la arquitectura antigua en las ciudades de Nubia y Guiza, con pirámides como las de Keops y Kefrén; religiones que justificarán edificaciones como la Gran Mezquita de Djenné; la diversidad del Serengueti, la vastedad del Sahara y lo inimaginable del Nilo. Ciudades como Túnez, Mogadiscio, Dakar, Nairobi, Tripoli, Luxor, Cairo y Marrakech. Tierras mágicas como Cabo Verde, Sierra Leone, Costa de Marfil, el Congo y Madagascar, también son parte de la letrina del Continente oscuro.

Africa nos ha dado líderes para la humanidad, como Mandela, Desmond Tutu y Shaka Zulu. Corredores maratónicos. Las artes creativas. Las figuras, los colores, los sonidos y los tambores, todos vinieron de allí. Las interpretaciones de Omar Sharif, Charlie Theron y Djimon Hounsou. Y las rimas, falcetos y arpegios de K’ Naan, Cesaria Evora, Sade, LadySmith Black Mambazo y Youssou N’Dour, producen ecos en los huecos de mierda de ese continente.

Y los esclavos que se requirieron para hacer el Nuevo Mundo, el Continente rico que es, todos vinieron de allí. De países y tierras designadas como letrinas.

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