NAIROBI, Kenia — Parecía un acto proselitista común y corriente en la capital de Somalía. Pero no lo era en absoluto. Decenas de personas con camisetas con el rostro sonriente del candidato y la consigna “Seguridad y Justicia” vivaban al ex número dos de la organización extremista islámica más letal de África, al-Shabab, aliada a al-Qaida, por quien Estados Unidos llegó a ofrecer hasta hace poco 5 millones de dólares.

El gobierno somalí se encuentra en una posición incómoda. Si se permite que siga adelante la campaña de Mujtar Robow por una presidencia regional, una figura que fue elogiada por Osama vin Laden y que trató de imponer un estado islámico tendría buenas posibilidades de ganar la votación del mes que viene.

Desde que desertó de las filas extremistas para sorpresa de todos el año pasado, el ex vocero de al-Shabab y uno de sus fundadores no ha parado de hablar. Comenta abiertamente su ruptura con los sectores más intransigentes de la organización que lo llevó a abandonar la agrupación extremista. “No estaba de acuerdo con su credo, que no sirve a la religión islámica”, sostuvo. Abordó también las amenazas que lo impulsaron a desertar luego de años de una vida segura al amparo de esa agrupación.

Ahora este hombre delgaducho y alto, el desertor de más alto rango que tiene al-Shabab, aspira a gobernar su región Sudoeste a pesar de que fue inhabilitado por el gobierno. El ministerio del interior dice que no está habilitado para postularse porque pesan sobre él sanciones internacionales.

El problema, según observadores, es que el gobierno nacional es tan débil que nadie sabe si está en condiciones de decidir quién puede postularse y quién no.

“¿Quién tiene la última palabra acerca de quien se postula? Nadie lo sabe”, declaró a la Associated Press Hussein Sheij-Ali, ex asesor de seguridad nacional y director del Instituto Hiraal, que conoce a Robow desde hace años.

Las relaciones entre el gobierno central y los regionales, por otro lado, son tan malas que casi no hay cooperación, consecuencia de décadas de luchas entre caudillos del Cuerno de África y de los devastadores ataques de al-Shabab. Durante el fin de semana residentes del Sudoeste y algunos miembros del parlamento protestaron lo que describieron como la intromisión del gobierno central en la votación.

Robow no quiso dar declaraciones a la AP, pero no hay indicios de que piense retirar su candidatura, a pesar de que al-Shabab lo tilda de apóstata. Cuando la organización bombardeó este mes Baidoa, la capital interina del Sudoeste, Robow condenó el ataque y visitó a las víctimas.

A pesar de su oscuro pasado, hay quienes están dispuestos a darle el beneficio de la duda a Robow, sobre todo porque evitó que al-Shabab ejecutase a varios funcionarios del gobierno cuando tomó Baidoa en el 2009.

“Se sienten en deuda”, dijo el legislador regional Ahmed Nur Adam a la AP.

“Cambió para bien, no hay que pensar en su pasado”, opinó Ali Ahmed Isaq, prominente anciano de la zona. “Igual que con otros políticos con un pasado sombrío, incluidos caudillos que ahora son políticos, no se le puede negar un papel de liderazgo”.

El gobierno central apoya su propio candidato con dinero, vehículos blindados y fuerzas de seguridad.

“Supongo que se puede decir que es algo positivo cuando un ex jefe de al-Shabab participa en el sistema que por varios años trató de destruir”, manifestó Omar Mahmood, investigador del Instituto de Estudios sobre Temas de Seguridad. “Pero al mismo tiempo, no tiene que responder a sus acciones como yijadista”.

Hay quienes quieren que Robow responda por las decapitaciones y asesinatos perpetrados por gente a sus órdenes. A otros les preocupa la posibilidad de que limite los derechos de las mujeres y otras libertades si es elegido.

El ex combatiente, sin embargo, asegura que ha cambiado y es mucho más tolerante hacia las mujeres y en otros temas.

La elección es una prueba importante para los esfuerzos por convencer a los combatientes de al-Shabab de que dejen las armas. La organización todavía controla amplios sectores del sur y el centro del país, incluido el sudoeste.

“No ayuda el hecho de que las leyes y las instituciones de Somalía están todavía evolucionando y el que el programa de amnistía para los ex miembros de al-Shabab no está del todo claro”, manifestó Mahmood. Algunos desertores son llevados a centros de rehabilitación, mientras que otros son juzgados.

La deserción de Robow genera interrogantes. Se produjo inmediatamente después de que Estados Unidos retirase la recompensa por su captura, lo que hace que al-Shabab piense que Robow había llegado a un acuerdo con los estadounidenses, según Sheij-Ali. La misión estadounidense en Somalía no respondió a preguntas.

Las sanciones contra Robow, no obstante, siguen vigentes desde el 2008, en parte porque el ex combatiente nunca completó las formalidades del proceso de deserción, que incluye negociaciones para que los organismos internacionales levanten las sanciones, señaló Sheij-Ali.

“Él pensó que todo estaba bien y por eso decidió postularse”, agregó.

La elección es el 17 de noviembre y ya probablemente no hay tiempo para que se levanten las sanciones y el gobierno admita su candidatura.

“El caso de Robow dificulta el que otros líderes de al-Shabab consideren desertar”, sostuvo Sheij-Ali, quien promueve un diálogo con los combatientes. “Somalía necesita la paz”.

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